La memoria histórica española y la censura

Fecha
Domingo, 17 de enero de 2021
Autor
Rafael Manuel Cansinos Galán

La memoria histórica española no ha incidido todavía lo suficiente en la Censura con mayúscula. Quizá porque se trata de un “mal menor”, al menos en apariencia. Pero salvando las distancias (ojalá todas las consecuencias de la Guerra Civil Española hubieran sido como las que provocó la censura), también causó numerosos destrozos en la historia de la literatura y el pensamiento del siglo XX. La censura es, ya lo sabemos, una forma de violencia y, sobre todo, de persecución. El artículo de Jordi Cornellà-Detrell, profesor titular de Estudios Hispánicos en la Universidad de Glasgow (búscalo en la Red: “La invisible censura franquista que sigue viva en los libros que lees”) da muchas pistas de la gravedad del asunto: “45 años después del fin del régimen, se siguen editando libros manipulados por la dictadura. Asimismo, las bibliotecas públicas continúan albergando miles de volúmenes expurgados y promoviendo su lectura. La censura, por lo tanto, todavía juega un papel en la vida cultural y no puede considerarse un simple episodio histórico que no tiene relevancia en el presente.”

Habría que profundizar todavía más en el análisis y entrar en una comparativa, que no creo odiosa, de otro tipo de valoraciones: ¿Se pueden poner hoy en la misma balanza la obra de autores como los nazis César González Ruano o Ernesto Giménez Caballero, que escribieron y publicaron con toda tranquilidad en la España fascista de los años 40 y 50, sin que sus textos padecieran censura, porque estaban “garantizados”, con la de otros que fueron silenciados y padecieron persecución? Autores nítidamente franquistas como Ramón Gómez de la Serna, José María Pemán, o tan confusos como Álvaro Cunqueiro, Azorín, José Ortega y Gasset, etcétera, tuvieron abiertas las puertas de la Prensa del “Movimiento” y eso automáticamente supone presencia entre los lectores..., y lo que llamamos popularidad. Sin duda, alguno de ellos se autocensuró (pequeño castigo), pero la firma que da la vitalidad, y la popularidad –la de entonces y, sobre todo, la que se ha propagado hasta nuestros días, cuyo efecto permanece–, ahí quedó, estampada en los medios de propaganda fascista. Con frecuencia, esto se quiere olvidar hoy bajo la premisa de que no hay que confundir calidad literaria con ideología.

Rita Haiworth censurada
Versión norteamericana y versión española de la cartelería de La dama de Trinidad de 1952.

Este comentario surge al hilo de algo que me ha sucedió ayer mismo. Estamos preparando la edición de la obra de Rafael Cansinos Assens Dostoyevski, el novelista de lo subconsciente: biografía y estudio crítico. La parte de la biografía, que va profusamente ilustrada, la teníamos ya finalizada, tras una costosa maquetación. Cuando trabajamos con Dostoyevski utilizamos siempre una edición de Aguilar del año 1952. Es un consenso que tenemos con la editorial Aguilar (hoy Penguin). Esa edición, aparentemente, está corregida y aumentada con respecto a la primera de 1935. Cuando he revisado y puesto en el mercado una obra de Dostoyevski traducida por mi padre nunca he notado que falten frases o se haya modificado la redacción. Y tengo esa certeza porque siempre las reviso con ediciones actuales de acreditado prestigio y seriedad. Confiamos siempre, la actual Aguilar y yo, en que don Manuel Aguilar tenía supuestamente mucha mano con la Censura. Aunque también contamos con un inquietante testimonio de Arturo del Hoyo de que la propia editorial ejercía la autocensura antes de enviar un texto al Censor: “Se censuraban los pasajes que creíamos que iban a ser penalizados por las autoridades y si veíamos que era un tema muy complicado ni siquiera lo presentábamos.” (Búsquese en la red la entrevista de Marcos Rodríguez Espinosa con Arturo del Hoyo en 1977).

Aparentemente con las Obras Completas de Dostoyevski, y los prólogos que incluyó RCA delante de cada obra, todo había colado ante la todopoderosa Censura. Pero la inercia es muy mala consejera para un editor. Una comprobación casual de una frase cuya redacción no estaba muy clara levantó la liebre… Al revisar esa frase con la edición de 1935, comprobaciones que hago con frecuencia con dicha edición cuando hay una duda, y que ayudan a resolver errores de linotipiado, con estupor descubrí que la biografía que escribió Cansinos Assens en 1935 había sido mutilada con severidad y amplitud, hasta el punto que la diagramación ya realizada la vamos a tirar a la papelera porque ya el texto, si se intenta corregir, no cuadra con las ilustraciones. La censura había quitado de en medio a revolucionarios, campesinos rebeldes, prostitutas, la palabra socialista, las utopías sociales, referencias al progreso occidental, blasfemias, cualquier comentario relacionado con sexualidad, interpretaciones molestas sobre los Evangelios o Jesucristo, sobre la educación religiosa, la masa rusa arrodillada bajo el zar, naturalezas afeminadas, descripciones de cómo "la censura mutiló horriblemente" un manuscrito de Dostoyevski y como le enfada a este: "¡Pero que cerdos son esos censores!", etcétera. La nueva versión tendrá más de 30 páginas recuperadas de texto.

¿Cuántas veces, en años recientes, editores y editoriales habrán tenido traspiés de este estilo que no se han solucionado porque a día de hoy nadie los ha notado? Estas torpezas nos convierten en cómplices no deseados de un pasado odioso, que se nos cuela otra vez subrepticiamente entre las páginas de nuestros queridos libros.